(2/1/5; 22h12)
La ciudad llena pierde todo su encanto. Con la multitud vienen las filas, las colas, las hileras, los hilos, las cuerdas y las cadenas. Y con las cadenas, la prisión.
La ciudad llena pierde todo su encanto. Con la multitud vienen las filas, las colas, las hileras, los hilos, las cuerdas y las cadenas. Y con las cadenas, la prisión.
Ella, que nunca perteneció a esta ciudad, en medio de la multitud se siente más sola que nunca. Más personas, más soledad… siempre ha sido así. Es por ello que espera con ansia esos magníficos días en los que todos aquellos que prestan sus vidas al cotidiano de esta pretensa urbe escapan buscando sus orígenes, huyen en masa hacia allí donde pertenecen, dejándola sola con la villa, de la cual tampoco es parte original, pero que hace suya cuando nadie la ve.
Es cuando todos se van que ella se redescubre… se siente en libertad para pasear por las calles durante indefinidas horas sin que el temor de un encuentro inesperado le amargue el placer de la marcha. Se siente en libertad de entrar y salir de los comercios sin pensar en las miradas que vigilan el destino de sus economías. Es cuando todos se van que ella puede sentarse en la paz de la mesa de un café, para escribir, para pensar, sin necesidad de contar los minutos que pasarán antes que el primer conocido invada su espacio e instaure de inmediato la obligación mutua y universal de entablar una conversación sin contenido, de esas que sólo sirven para decir que nos mantenemos en contacto.
Hoy la ciudad se llena y ella ya lo lamenta. Ya no podrá hacerla suya, se le irá de las manos como la libertad de lo impersonal. Las cadenas están de vuelta. Tendrá que reacostumbrarse.
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